El Papa, la piedra angular de la fe y de la unidad

Feb 12 blog pic

El domingo por la mañana vi al papa Francisco dirigirse a las miles de personas que se reúnen en la Plaza de San Pedro para escuchar sus comentarios antes de rezar el Ángelus. Allí, el popular y venerado sucesor de Pedro les habló de la ternura de Jesús, de su compasión amorosa y, al mismo tiempo, de nuestra necesidad de ser cuidadosos y compasivos con los demás seres humanos. El Santo Padre no sólo es admirado por la multitud de la Plaza de San Pedro, sino por personas de todas partes del mundo. Admiración que, al parecer, no es compartida por todos.

Mientras veía al Santo Padre en la televisión, recibía mensajes de correo electrónicos incluyendo una entrevista y un artículo de hermanos obispos que están menos que entusiasmados con Francisco. Esos correos electrónicos me recordaron mis años de juventud, cuando por primera vez experimenté la disidencia en contra de la enseñanza y la práctica de un Papa. Siendo un joven seminarista, con 20 años de edad, que hacía estudios de posgrado en la Universidad Católica de América, leí por primera vez la carta encíclica de San Juan XXIIIMater et Magistra. Su enseñanza no fue bien recibida por algunos. Uno de los eruditos ofreció la observación que se volvió bastante extendida en esos círculos: “Mater si, Magistra no”, que en latín significa “Madre sí, Maestra no”.

Junto con varios de mis compañeros de clase, recuerdo que estábamos tan escandalizados por este rechazo de la encíclica, que hablamos con uno de los sacerdotes en el seminario. Él gentilmente nos reprendió por nuestra ingenuidad y nos señaló que siempre ha habido una corriente de disidencia en la Iglesia, en algunos casos tan alto como en el Colegio de Cardenales. Fue entonces cuando oí por primera vez sobre el cardenal Louis Billot que era menos que discreto en su oposición al papa Pío XI que había condenado el movimiento político y religioso, Action Française, que involucró a muchas personas que anhelaban la restauración de la monarquía en Francia y un papel más importante para la Iglesia en el gobierno civil. En 1927, como lo indica la Enciclopedia Católica, el cardenal Billot “fue persuadido a renunciar a su dignidad cardenalicia”.

El descontento con la posición de un Papa en cuestiones doctrinales, pastorales, canónicas o tan simples como la vestimenta clerical, parece estar siempre presente de alguna forma. En 1963, San Juan XXIII se convirtió de nuevo en el objeto de la ira de aquellos a quienes no les gustaba su encíclica Pacem in Terris, al igual que el Beato Pablo VI por su encíclica Populorum Progressio en 1967, y sin duda por su encíclica Humanae Vitae en 1968. La disidencia de algunos sacerdotes por la enseñanza en  Humanae Vitae los llevó a su salida del ministerio sacerdotal.

En un nivel menos importante, se produjo, sin embargo, una consternación considerable entre algunos, en 1969, cuando el Secretario de Estado del papa Pablo VI emitió una instrucción relacionada con la vestimenta de los obispos y cardenales. El esfuerzo por simplificar y eliminar cosas como la cappa magna (prenda exterior de obispos y cardenales con una cola larga) irritó a algunos.

Incluso el breve reinado del papa Juan Pablo I no estuvo exento de crítica. Algunos escribieron que encontraban su sonrisa impropia de un Papa, dado que disminuía la gravedad (gravedad o seriedad) de su oficina. Un comentarista se lamentó de que este querido y amable Papa en realidad saludaba a la gente cuando desfilaba para celebrar misa.

Luego, por supuesto, vino San Juan Pablo II. Todo lo que él escribió tuvo algún crítico, ya se tratara de sus encíclicas sociales como Laborem Exercens (1981), Sollicitudo Rei Socialis (1987) y Centesimus Annus (1991), o su encíclica sobre la validez permanente del esfuerzo misionero de la Iglesia, Redemptoris Missio. Hubo algunos que continuamente le criticaron por sus viajes, a pesar de que en sus casi 27 años como Papa ayudó a revitalizar la Iglesia. Personalmente, siempre he encontrado las críticas de San Juan Pablo II dolorosas porque tengo tanto afecto y admiración por él. De hecho, el nuevo seminario en esta arquidiócesis, que se abrió hace apenas unos años, lleva su nombre: Seminario San Juan Pablo II.

No voy a elaborar más hasta el punto de comentar sobre las críticas, los retos, la desaprobación y la disidencia que enfrentó gran parte de lo que enseñó y publicó el papa Benedicto XVI durante su pontificado. Una vez más, me encuentro muy perplejo ante la crítica negativa sobre él, a quien yo vi como un pastor de la Iglesia tan bueno, brillante y santo.

Difícilmente podríamos esperar, entonces, que Francisco sea inmune a lo que parece ser algo que “viene con el territorio.”

Una de las cosas que he aprendido a través de todos estos años, desde aquellos primeros días ingenuos en 1961, es que al examinar más detenidamente el tema hay un hilo común que corre a través de todos estos disidentes. Ellos no están de acuerdo con el Papa porque él no está de acuerdo con ellos y por lo tanto siguen su posición.

Tan lamentable como es, la disidencia es quizás algo que siempre estará con nosotros, pero también siempre tendremos a un Pedro y su sucesor, como la roca y la piedra angular,  de nuestra fe y unidad.

Comments are closed.